Vichada: el reto no es tener más ganado, sino más ganaderos Por: Jaime Antonio Rangel Mendoza En el Vichada, la ganadería no está enferma por falta de vocación. Está cansada de cargar, casi sola, con el peso del abandono. Mientras desde los escritorios se habla de productividad, competitividad y desarrollo rural, el productor llanero continúa bregando con vías que en invierno prácticamente desaparecen, energía que no llega a muchas zonas, insumos cada vez más costosos, escasa asistencia técnica y una inseguridad sobre la tenencia de la tierra que termina frenando cualquier intención de invertir. Y, sin embargo, el campo sigue resistiendo. Los últimos ciclos de vacunación dejan señales que merecen atención: los productores de mayor escala vienen reteniendo hembras y machos jóvenes. En lenguaje de corral, eso significa algo sencillo pero importante: todavía existe confianza en el negocio y se está preparando hato para el futuro. Pero esa realidad no es igual para todos. En muchas fincas pequeñas ocurre justamente lo contrario. Se venden vientres, se reducen los inventarios y numerosas familias empiezan a preguntarse cuánto tiempo más podrán permanecer en la actividad. Al mismo tiempo, muchos jóvenes prefieren tomar rumbo hacia las ciudades porque no encuentran suficientes oportunidades para construir un proyecto de vida entre sabanas, fundos y morichales.
Ahí está el verdadero desafío del Vichada: no se trata solamente de tener más ganado, sino de lograr que existan más ganaderos y que quienes ya están en el territorio puedan permanecer en él. Porque cuando desaparece un pequeño productor no se pierden únicamente unas cuantas reses de las estadísticas. Se pierde conocimiento, tradición, arraigo, economía local y presencia productiva en el territorio. Por eso, la política pública debería dejar de mirar el éxito exclusivamente desde el número de cabezas de ganado y comenzar a medirlo también por el número de familias que permanecen dignamente en el campo, por los jóvenes que encuentran oportunidades y por los productores que pueden crecer sin abandonar su tierra. La apuesta debe ser ambiciosa: convertir al Vichada y sus municipios ganaderos en una verdadera cuna de la cría bovina y bufalina de la Altillanura, respaldada por formalización de la propiedad, conectividad e infraestructura, acceso a tecnología apropiada, asistencia técnica permanente, modelos de ganadería regenerativa y oportunidades reales para las nuevas generaciones. El Vichada tiene tierra, conocimiento, cultura ganadera y una vocación productiva que no necesita ser inventada. Lo que necesita son condiciones para desplegar todo su potencial. Porque el día en que un pelao pueda mirar esa sabana inmensa y decir con orgullo: “me quedo en el llano porque aquí también hay futuro”, habremos conseguido mucho más que aumentar un inventario ganadero. Habremos asegurado la permanencia de una cultura construida entre el mugido del ganado, el canto de las garzas y ese horizonte infinito que solamente el Llano sabe regalar.

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